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Anécdotas de una leyenda…

En tiempos de un encierro a esta altura insoportable para los atletas que amamos correr al aire libre, se hace muy difícil hallar las ganas para poder entrenar y no perder, aunque sea en parte, la forma física.

Para eso, qué mejor que acudir a uno de los mejores deportistas pedestres que dio nuestra provincia: Cristian Malgioglio, quien además de atleta ejemplar es un docente apasionado y un motivador nato.

Una de las leyendas del running vernáculo redactó, en primera persona, una sesión de entrenamiento de un día que tiene más ganas de descansar que de correr.

En una prosa imperdible podemos encontrar lo que Cristian siempre predica a sus alumnos: el primer enemigo es uno mismo. Por eso, su superación depende de su trabajo físico y de su fortaleza mental.

A continuación, su relato:

Anécdotas de un corredor. “Como hace más de treinta años”

Ocho de la mañana suena el despertador,

y como cada mañana infaltable a la cita

durante más de treinta años, acude a mí

el mismo pensamiento.

-Y si hoy, ¿te saltas el entrenamiento?

E inmediatamente vuelve a disparar.

-“Total que te saltes uno, no hace la diferencia”.

Cuando estoy a punto de sucumbir

ante la tentación de continuar en la cama,

viene al rescate como siempre

y desde hace más de treinta años

el “yo salvador”, quien sin compasión

me insta con vehemencia a levantarme.

-“Holgazán, ¿acaso crees por asomo

que los sueños se vuelven reales durmiendo?”

Y replica sin tregua para aplacar toda duda.

-“Si te fallas esta vez, ¿cómo garantizarás

que esta condición no se volverá

algo cotidiano y normal?”

Ante la contundencia de tales razonamientos,

y como hace más de treinta años,

vuelve a imponerse como casi todas las veces

en el veredicto final ese  “yo salvador”.

De mal humor me preparo el desayuno,

fastidiado por no tener la valentía suficiente

de entregarme sin culpas ante las insinuaciones de la cama.

Miro por la ventana, trato de intuir

mediante una rápida observación

cuan baja puede ser la temperatura afuera.

Toda mi vida he detestado el frío

y con los años tal padecimiento

solo ha sabido crecer.

Me visto de prisa, podría decirse

que hasta con urgencia,

ya no hay dudas, han sido evacuadas por completo,

mas no así cierto nivel de desgano.

Salgo a la calle, el frío se apodera

de todos mis sentidos, necesito moverme

para ahogarlo con el calor que emanará de la acción.

Sin más preámbulos

ya estoy desandando el camino,

el frío poco a poco comienza a retirarse,

el sentido de la percepción ahora libre

se aboca a la tarea de recoger las sensaciones corporales

y enviarlas al cerebro.

Kilómetro dos,

mentalmente ya tengo decidido

el circuito que haré esta mañana,

el sol en pleno Este me saluda radiante.

Siempre me ocurre lo mismo,

el disgusto experimentado al levantarme,

a esta altura por el kilómetro tres

ya ha sido totalmente suplantado

por el más primitivo de los placeres.

Kilómetro cinco,

de reojo testeo el reloj,

los pulsos están dentro del rango planificado,

ya he cubierto un tercio del entrenamiento matutino,

las zancadas a estas latitudes se suceden

una tras otra con toda naturalidad.

Kilómetro siete,

alcanzo la velocidad crucero, la deseada hoy,

pues al día posterior de unas pasadas

es lo que corresponde en el menú,

las persistentes agujetas en gemelos y cuádriceps

no dejan de recordarme lo hostil que fue la pista

con mi cuerpo la jornada de ayer.

Kilómetro diez,

experimento una embriagadora mezcla de felicidad y libertad,

los pensamientos se agolpan en mi mente,

se autoconvocan ordenadamente

para proyectar una especie de película,

trata del futuro próximo y alcanzo a vislumbrar

un final feliz. Habla de metas alcanzadas,

de viajes, de amigos, de vivencias.

Habla de casi lo mismo que viene hablando

hace más de treinta años,

pero lejos de aburrirme la misma historia,

por el contrario sigue penetrando

en lo más sensible de mi ser.

Kilómetro trece,

llego al retome que anuncia el momento de volver

y desandar los últimos dos kilómetros,

empieza a tomar fuerza la idea

de correr unos kilómetros más,

porque no dieciocho en vez quince,

no lo pienso mucho y me embarco

de lleno en la nueva propuesta.

Muy a menudo me ocurre que empiezo la mañana

envejecido y gastado, pero con el transcurrir

de los kilómetros, cuerpo y mente van experimentando

una metamorfosis, una especie de vitalidad y juventud

va invadiendo cada órgano, derramándose

generosamente por cada rincón,

llegando incontenible hasta el más recóndito

lugar de mi naturaleza.

Kilómetro quince,

la decisión ha sido tomada y vamos por el bonus,

tres kilómetros de extra y una vez más

se repite la misma historia.

Tengo la idea acertada o equivocada,

de que el hacer un poco más

me dará esa minúscula mejoría

que siempre he andado buscando,

esa imperceptible mejoría que ha constituido

la búsqueda de toda mi vida,

y si bien en contadas ocasiones he presentido

estar muy cerca de esa perfección tan ansiada,

nunca he terminado por hallarla definitivamente.

Último kilómetro,

tan solo me separan mil metros de la conclusión

de la tarea matutina, hago un rápido

y último testeo de mi cuerpo

cual si se tratara de una máquina,

todo sigue en orden nada que reprocharle,

se ha comportado respetablemente bien

a pesar del castigo al que le he sometido toda la semana.

No hay ningún dolor impeditivo,

no hay sombras de las tan temidas lesiones,

y vaya si conozco de ellas,

las he tenido de todas las formas e intensidades,

y que frustrante es lidiar y aprender a convivir

con la impotencia de no poder correr.

El probar una y otra cosa y que nada resulte,

solo en esos momentos uno comprende

del privilegio que gozamos tan sólo

por poder correr sin dolores,

después de más de treinta años en este deporte,

me atrevo a decir que en esos momentos

he aprendido más que en cualquier otra situación.

He terminado por esta mañana,

Por la tarde volveremos otra vez

a desandar caminos y kilómetros,

detengo el reloj, veo los datos almacenados en él,

estoy satisfecho con lo que me devuelve

y con las sensaciones experimentadas

a lo largo de estos dieciocho kilómetros,

camino cansinamente los pocos metros

que me separan del umbral de mi casa,

saboreo lentamente este momento

y el placer que se desprende de haber finalizado

una tarea bien hecha.

Giro y jalo el picaporte de la puerta

Y como hace más de treinta años, me digo:

“Hoy se venció al enemigo más cruel, uno mismo”.

                                            Cristian Malgioglio

Cristian Malgioglio. Foto: Facebook, gentileza de Adela Barrios.

Foto portada: gentileza Antonio Tello Vargas

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Arnoldo Gomez
2 years ago

Lo gratificante es el regreso, con la satisfacción de haber cumplido con nuestra tarea…