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Un dúo un tanto singular

Hoy les voy a contar acerca de un “dúo”, un “dúo singular” y cuando digo singular podría creerse que les voy hablar de una “dupla” con cualidades extraordinarias, una especie de Batman y Robin. Quién no recuerda aquellos dos legendarios superhéroes que, gracias a su sociedad, lograban, noche tras noche, poner a salvo a la codiciada ciudad Gótica de los cuantiosos malhechores que la asediaban sin respiro alguno.

El dúo este no tiene nada de espectacular, ni remotamente parecido al citado “dúo dinámico”. Lo conforman dos personas totalmente comunes que, a simple vista, no llaman la atención por nada en particular, poseen cada cual alguna que otra cualidad, pero no son para nada de carácter extraterrenal, aunque hay un detalle que los hace un tanto singulares, uno tiene 80 años y el otro 47 y, ambos a su manera, están unidos por una misma pasión, el “running”.

La relación entre los dos es bastante confusa, pues son una mezcla de “alumno y profesor”, “amigos”, y porque no, “padre e hijo”, aunque sólo sea de afecto ya que no existe parentesco de ningún tipo que los ligue el uno al otro.

El running entró en la vida de Edgardo bastante tiempo después de que conociera a Cristian. Ese encuentro casual tuvo lugar en el gimnasio donde Cristian, por aquel entonces, era el instructor de musculación, además de corredor y entrenador en esta disciplina.

Edgardo, con unos sesenta y pico de años por aquel entonces, un poco por motivación propia y otro poco por la insistencia de Ariela, su hija y su mujer Juli, que ya concurrían al “Gimnasio Olímpico” con regularidad. Un buen día, y sin muchas otras alternativas para escapar del compromiso de acompañarlas, se presentó de jogging y zapatillas, listo para comenzar.

Edgardo siempre ha sido un hombre sumamente correcto y respetuoso, por lo tanto la relación entre ambos desde un comienzo se cimentó sobre una base fuerte y sólida. Suele ocurrir muy a menudo, con las personas con cierto camino recorrido en la vida, y ante los más jóvenes principalmente, que intenten imponer sus propias reglas de juego en cuanto al proceso de enseñanza aprendizaje se refiere. Este no fue el caso de Edgardo Sampirisi pues, desde ese primer contacto, entregó su voluntad y cuerpo a los rudos entrenamientos de aquel delgado instructor, veintitrés años más joven.

Hay que reconocer que para Edgardo, luego de tantos años sin hacer actividad física, no le fue nada fácil adaptarse a la metodología y filosofía de trabajo que Cristian intentaba inflexiblemente incorporarle día tras día. Pero, a la manera de un buen “soldado”, Edgardo asumía el esfuerzo y la tarea de cada jornada de buen talante y sin queja alguna.

Cristian Malgioglio es un tipo exigente pero justo e intenta por todos los medios sacar lo mejor de sus alumnos. Suele nunca pedir más de lo que las personas son capaces de lograr, pero procurará paulatina y decididamente llevarlas a desafiar sus propios límites. A poco de conocerle y tratarle uno intuye rápidamente que esta es su filosofía de trabajo y de vida, en resumidas cuentas es a alguien a quien de a primeras o se le acepta o no. Pero lo cierto es que no pasa desapercibido por la existencia de los que le conocen.

Poco a poco, lo que empezó como una relación corriente, de alumno y entrenador, se fue transformando en una insipiente “amistad”. Y es seguramente debido a este creciente cariño motivo por el cual Edgardo comenzó a interesarse por la actividad deportiva que Cristian desarrollaba cada día con tanto entusiasmo y pasión. Primero, peguntando tímidamente para luego interiorizarse mucho más exhaustivamente en aquello del “running”.

Edgardo es un gran lector, posee una cultura general poco común y, si bien su profesión es la enología, tranquilamente podría pasar por un excelente profesor de historia o geografía. Dueño de una paciencia infinita, a prueba de todo y de todos, de hablar reflexivo y modales refinados, uno cree en ocasiones estar ante un auténtico “Lord Inglés”. Tranquilo hasta la exasperación, es un estadista nato que lleva escrito, y al día, todo cuanto hace o debe hacer. Servicial e incondicional con quienes quiere las 24 horas del día, y todo el año.

Concluyendo, Edgardo es una persona a la que rápida e inevitablemente se la quiere. Y la amistad que se genera con él tiende siempre a germinar de una forma espontáneamente natural y en la medida que uno lo frecuenta ese lazo solo tenderá a fortalecerse cada vez más, para perdurar indestructible a través de los años.

Todo venía transcurriendo con la normalidad esperable para este tipo de situaciones hasta que un buen día Ariela Sampirisi, hija de Edgardo, empezó a fantasear con la idea de incursionar en el running, un poco también entusiasmada por las constantes sugerencias a que lo hiciera por parte de Cristian.

Por aquel entonces, Cristian, junto a otros amigos, estaba ocupado en la tarea de organizar un duatlón, que sería una gran competencia para la zona, que intentaría amalgamar al ciclismo de montaña con el running. Ambas actividades estaban muy desarrolladas en la región por aquel entonces y ya contaba con muchos cultores y de excelente nivel deportivo.

El “duatlón de La Laguna”, como había sido denominado, se haría enteramente en torno a la laguna del “Pique club” y contemplaba entre sus innumerables categorías una que, bajo la carátula de “postas recreativas”, albergaría a cuantiosos novatos que tenían muy poca o nada de experiencia en esta actividad. Allí justamente se había previsto que Ariela hiciese su debut atlético.

Paralelamente, y poco a poco, empezaba a tomar forma una idea un tanto descabellada, si se quiere, en la “loca e inquieta” cabeza de Cristian.

Hacía muy poco se había enterado por palabras textuales del propio Edgardo que en su juventud tuvo una gran afición por las carreras de velocidad y que, al parecer, además de hacerlo con sumo placer, también tenía talento para ellas.

Pues, es así que Cristian empezó primero por sugerirle, y luego a incitarle, a que comenzara a entrenar el running y de esta forma procurar participar del ya muy renombrado por entonces, duatlón de La Laguna.

No hizo falta mucho pues Edgardo, motivado por Cristian y sus hijos, se lanzó de lleno a la excitante aventura de volver a correr después de 50 años. Su compañero de fórmula sería Miguelito Soriano, otro vistoso y lindo personaje que ya contaba en ese momento con unos jóvenes setenta y largos años. Ambos despertaban la admiración e inspiración de toda la afición deportiva del pueblo.

Aquella sería la primera experiencia atlética de Edgardo Sampirisi pero, vaya uno a saber el porqué, luego de darse el gusto de participar y hacerlo muy bien en aquel duatlón de La Laguna, dejó de insistir en el objetivo de retomar la actividad atlética como un hábito. No así sucedió lo mismo con su asistencia y compromiso para con el gimnasio, tres veces a la semana y en horas de la mañana, junto a su fiel compañera “Juli” acudía puntualmente a su cita con las pesas.

Pasaban los años y todo seguía más o menos igual, solo que el vínculo entre Cristian y Edgardo se había estrechado y fortalecido ostensiblemente en todo este tiempo, ambos se buscaban y querían como dos buenos amigos. Las breves pero saludables pláticas de historia, materia ésta por la que compartían un gran deleite, eran un clásico y tenían lugar entre pausa y pausa durante las series de ejercicios.

Y como era de prever ante aquella amistad que no dejaba de crecer, se sucedieron las juntadas a comer en casa de Edgardo, en las que Cristian, subyugado por el vasto conocimiento de éste, pasaba gustoso y deseoso de su acostumbrado rol de profesor al de curioso alumno. Eran unas tertulias largas y enriquecedoras en las que ambos desnudaban sus “almas” y se mostraban tal cual eran, sin pantallas ni filtros que los distorsionaran.

La vida continuaba por canales normales y la cotidianeidad se sucedía con la normalidad acostumbrada, pero un día y, como casi siempre sucede cuando acontecen las calamidades, “Juli”, la bien amada esposa de Edgardo, enfermó de gravedad. Que otra cosa puede agregarse, más que decir que el desenlace de la situación fue rápido y contundente. Es así que finalmente Juli coronó las bellas cumbres nevadas del cielo antes que todos nosotros.

Edgardo y Juli eran lo que podría describirse como carne y uña, eran el uno para el otro y compartían desde sus existencias hasta los más minúsculos momentos del día a día. Pues, dicho así, podrá entenderse lo dolorosa que significó la partida de Juli para Edgardo.

No obstante Cristian no estaba dispuesto a permitir que su buen amigo bajara los brazos y se rindiera ante la fatalidad: le dejó unos días en paz, permitiéndole hacer el duelo que corresponde a estas situaciones, pero ni bien transcurrió ese tiempo que indica la prudencia, con la obstinación que lo caracterizan, volvió a la carga.

Primero, le sugirió a Edgardo porqué no le acompañaba en calidad de asistente a una competencia, a lo cual él accedió, pero más que nada por el cariño y lealtad que sentía hacia su joven amigo, y no tanto por un deseo real de hacerlo.

La competencia tendría lugar en la Ciudad de Junín, provincia de Mendoza: los tradicionales, y de gran nivel atlético, “12 kilómetros Nocturnos de Junín”.

Hacia aquella Ciudad del Este mendocino se dirigieron una calurosa tarde de verano. Cristian en calidad de entrenador, Edgardo como asistente. Y una numerosa comitiva de atletas del “Team Olímpico Corre” de General Alvear.

Si bien Cristian habitualmente viajaba con sus alumnos a competir a distintos lugares de la provincia y el país, este viaje en particular tenía un cometido especial. No era uno más para él, en su mente existía un plan, uno que, de resultar exitoso, podría influir muy positivamente en la vida de Edgardo, de ahora en adelante.

La competencia había largado hacía unos pocos minutos y aunque lo más aconsejable en esas circunstancias, y con el objeto de ver el arribo a meta de todos los atletas, habría sido trasladarse rápidamente hacia el lugar de la llegada. Contrariando el sentido común y lo que indicaba el manual, Cristian intencionalmente le pidió a Edgardo que detuviera el auto en un punto intermedio del circuito.

Dejando que transcurrieran los minutos y el paso de los atletas ante sus ojos, le pidió a Edgardo que centrara su atención en los corredores que en ese momento transitaban frente a ellos. Éstos eran los más lentos del pelotón, unos apenas trotaban y otros alternaban breves carreras con ágiles caminatas. Los dos observaban y procesaban en silencio las escenas de aquellas personas que sin poseer ni la contextura, ni la condición física más óptima para esta actividad, igualmente pugnaban por llegar a la meta y se les podía ver disfrutar intensamente de aquello que estaban haciendo. 

De súbito y sin preámbulos previos, como quien pretende aprovechar el factor sorpresa. Cristian preguntó a Edgardo:

-¿Te animás a participar en la próxima haciéndolo de esta manera? 

A lo que Edgardo contestó: 

-Yo creo que de esta manera podría intentarlo. 

-Y bueno Edgardo el lunes comenzamos. 

-¿Trato hecho?

Le obligó Cristian ofreciéndole la mano, como con ello intentando darle mayor seriedad al acuerdo que estaba por acontecer.

-Trato hecho, replicó Edgardo 

Y, apretando fuertemente la mano que yacía frente a él, ese día sábado por la noche, en una calurosa tarde de noviembre, Cristian y Edgardo sellaban un compromiso, el que sobrevive hasta estos días. 

Aquel día significó, desde el punto de vista de Cristian, un día crucial en sus vidas. A Edgardo aquella decisión le aportó una nueva motivación a su existencia, pues el “running” llegó para llenar el vacío de las mañanas. Le dio un sentido para levantarse y enfrentar cada jornada, disipando así en gran medida a los fantasmas que le incitaban y le incitan a rendirse y dejarse caer. El entrenamiento matutino y cotidiano le ayuda a convivir con cierta armonía ante la irremediable pérdida de su amada “Juli”.  

Por su parte, Cristian ha ganado un “amigo incondicional” y un asistente de lujo: se nutre de la sapiencia de sus años y sus consejos le han ayudado notablemente a no pisar y trastabillar con las piedras del camino de la vida, que Edgardo conoce, y muy bien. El ver las cosas desde su óptica le han allanado la jornada y hecho, en incontables oportunidades, más fácil el tomar las decisiones trascendentales.  

Hoy Edgardo tiene casi 80 años y Cristian 47 recién cumplidos, no hacen un dúo dinámico, ni mucho menos perfecto, son ambos descendientes de sicilianos y será que por correrles esa sangre “tana” por sus arterias es que los desacuerdos suelen ser frecuentes y acalorados muchas veces. Pero el cariño que se tienen y prodigan está por sobre toda desavenencia.  Insisto, no son ni Batman, ni Robín, pero lo cierto es que son y hacen un “dúo un tanto singular”. 

Cristian Malgioglio

Tres veces campeón argentino absoluto de 100 km
en carretera y miembro de selecciones nacionales

Foto: gentileza Cristian Malgioglio

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