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Leche de soja

Estoy en 1991, transito por el último año de la categoría “Juveniles” y tengo 18 aniversarios cumplidos. 

Atléticamente hablando, éste ha sido un buen año: he sido “campeón mendocino de cross” y de los “10.000 metros en pista” y “subcampeón mendocino de 5.000 metros”. 

Estamos en el mes de diciembre y, como es característico en Mendoza, el calor comienza a sentirse. 

El mundo del atletismo mendocino se ha visto gratamente revolucionado, la tienda de deportes “Sport Total” anunció hace pocas semanas la realización del “Maratón Sport Total”. 

La distancia a recorrer será de “10 kilómetros”, con largada en avenidas San Martín y Las Heras y con finalización en los Portones del Parque. 

Su recorrido transitará por importantes arterias del centro de nuestra capital; habrá, entre otras cosas, suculentos “premios en efectivo” y no sólo en la “general de la carrera”, también en las distintas categorías por edad.

Ha jerarquizado notablemente a la prueba la extensa e intensa difusión que se ha hecho de ella: la prensa gráfica, radial y televisiva le ha conferido a la “competencia” un renombre y nivel de popularidad nunca antes visto en nuestro deporte. 

Sport Total es una enorme tienda de deportes relativamente nueva, en ella el deportista de cualquier modalidad encuentra todo lo que desea, desde indumentaria, hasta calzado, y además de todas las marcas. 

Si eres deportista, y andás por el centro, entrar al suntuoso local y nutrirte de las últimas tendencias, en cuanto a accesorios deportivos se refiere, es casi, se podría decir, un paseo obligado. 

Siempre he tenido una especial atracción por las “zapatillas de running”, no significa que por desearlas las he de comprar, casi siempre me contento con sólo admirarlas. 

Me deleita ir a un centro comercial, sólo para dirigirme a la sección del calzado deportivo y Sport Total está significativamente a la vanguardia en este segmento. 

Con la clara intencionalidad de situarse monopólicamente en la cúspide del mercado deportivo, Sport Total apuesta por la realización de esta competencia como medio para conseguir tal fin. 

Ayer, miércoles por la tarde, hice el último entrenamiento de calidad y las sensaciones fueron francamente buenas: 10 x 200 metros sin forzar y, de ahora en más hasta la carrera, sólo trotes suaves y estiramientos. 

Todos estos días he tenido problemas para concebir el sueño: esta competencia no es una más, es, sin dudas, la “carrera del año”, todos los fondistas de la provincia han entrenado muy duramente para llegar a la cita en la mejor forma de sus vidas. 

En mi caso, además de intensificar y extender mis carreras diarias, he mejorado también mi alimentación, he incorporado más “verduras y frutas”, pues he leído que ellas constituyen la máxima fuente de “vitaminas y minerales”.

En ese camino de procurar crecer atléticamente, no sólo he perseguido acrecentar los conocimientos referentes al campo del entrenamiento, poco a poco he ahondado en el campo de la nutrición y, aunque no hay mucho material bibliográfico al respecto, entre lo que he leído, escuchado y experimentado en mí, mediante ensayo-error, finalmente he llegado a un método que me funciona bastante bien. 

Lo último que estoy probando es la “leche de soja”, que ha irrumpido y se ha extendido en el campo de los alimentos con un éxito y una velocidad inusitadas, se le atribuyen cualidades milagrosas a la hora de aportar beneficios a la salud de las personas. 

En Oriente se consume hace miles de años y, junto con el arroz, constituyen en esos países la base de la pirámide alimenticia. En Occidente estamos comenzando a descubrirla y lo que destaca en ella, entre sus tantas bondades, es el elevado “nivel proteico”, lo que podría resultar en una buena sustituta de la “carne”. 

Faltan tan sólo dos días para la ansiada competencia, confío en que mi desempeño será muy bueno pues el último mes cada entrenamiento ha resultado mejor de lo programado. 

Por otro lado, tengo la certeza de que la “leche de soja”, que he venido ingiriendo puntualmente dos veces al día durante las últimas dos semanas, cumplirá con el cometido de darme ese “plus extra” de rendimiento. 

Por fin ha llegado el día, tan sólo me separan de ese momento unas horas, la largada está programada para las 19 de este sábado. 

Me he levantado muy bien, el cuerpo me entrega sensaciones de “óptima forma”, quienes llevamos algunos años en este deporte somos capaces de intuir, ni bien bajamos de la cama y ponemos los pies sobre el suelo, si ésta será una buena o mala jornada.

Al ir hacia la cocina para desayunar, siento las piernas ágiles y livianas lo cual me pone de un humor excelente. Comienzo a prepararme el desayuno, primero una banana y luego “leche de soja”, acompañada con tostadas untadas con queso y miel.

Mientras cómo con avidez las tostadas, leo por enésima vez esta semana la innumerable cantidad de propiedades de la leche de soja, están enumeradas en la caja, en uno de sus laterales.

Me resulta extraordinario que un solo alimento pueda aportar tanto provecho, tengo mucha fe de que consumirla regularmente tendrá una gran incidencia en mi rendimiento atlético a futuro.

De pronto, me asalta un pensamiento que me parece más que acertado:

“¿Y si me tomo dos vasos en vez de uno esta mañana?” 

Sin dudarlo me tomo el segundo vaso de “leche de soja”, tengo la sensación de sentirme más vital con cada trago, ya estoy lanzado, casi con vehemencia cojo la caja y me tomo de una vez todo el contenido que le queda.

Listo, he dado cuenta de un litro de leche de soja, con el estómago lleno y a punto de estallar me retiro al dormitorio a escuchar música, con la idea de descansar. 

He dormido una hora de siesta, luego de almorzar un “plato de fideos blancos”, y ahora me apresuro a vestirme con la indumentaria de competencia. 

Me pongo el “short verde Adidas” y la musculosa blanca de algodón, en la que se lee al frente “UNCA” (Universidad Nacional de Cuyo Argentina) y a la espalda “Bodegas Giol”, constituyen mis dos prendas más preciadas y por mucha diferencia. 

Antes de partir hacia la carrera debo hacer una última colación, voy hacia la heladera y he allí la leche de soja, la saco y me sirvo un vaso lleno de ella, por un breve instante reflexiono: “¿No será ya mucha soja?”, inmediatamente me respondo: “Un alimento tan prodigioso no debería hacerme mal”, satisfecho con este último argumento, me tomo sin desconfianza alguna el brebaje mágico. 

Me acomodo en la largada, me sitúo en la segunda línea de corredores, ya que la primera está reservada a los favoritos a llevarse la victoria en la “General”, hoy mi objetivo es luchar por vencer en mi categoría, tengo dos rivales de temer a quienes he visto durante la entrada en calor. 

La estrategia es correr fuertemente desde la largada misma ya que el circuito tiene mucha pendiente y esta faceta de subir siempre se me ha dado bien.

Faltan unos pocos minutos para el comienzo de la prueba, repentinamente una necesidad imperiosa de ir al baño viene a perturbar mis pensamientos, me escabullo entre la masa de corredores y con una carrera impetuosa llego hasta el baño.  

Listo, he terminado, en ese mismo momento escucho la cuenta regresiva y en el instante que piso la calle se larga la carrera, me invade el pánico pues estoy muy mal ubicado, mientras frenéticamente comienzo a superar atletas, un solo pensamiento ocupa mi mente: “debo llegarle a los de adelante”.

Ya puedo verles, están a unos pocos metros, los punteros de la categoría, he gastado mucha energía al intentar conectarles rápidamente, pero lo bueno es que ya estoy entre ellos.

“Cuatro kilómetros”, mis peores temores se hacen realidad, me han vuelto esas ganas urgentes de ir al baño, desesperadamente comienzo a buscar un papel tirado que sirva a mis fines, mientras intento no perderle pisada al grupo. 

Con papel en mano me interno en un baldío con intenciones de hacer de él un baño, los fuertes espasmos intestinales hacen que mi estadía en este lugar se prolongue más de lo debido. 

Me reincorporo nuevamente a la competencia, intento infructuosamente retomar la intensidad que traía hasta antes de este desafortunado acontecimiento, es inútil, siento las piernas débiles y torpes, me niego a rendirme, apelo a todo mi orgullo propio pero no hay caso, sólo puedo sostener el esfuerzo por unos pocos metros. 

Empiezo a aceptar la cruel realidad, de que apenas soy capaz de trotar, con lo cual no puedo evitar pensar “maldita leche de soja”.

Ahora, y como para complicar más la situación, se suman al triste cuadro clínico, las “nauseas”. Me detengo ahí mismo y sucede lo que era inevitable, vomito cada centímetro cúbico de la leche de soja ingerida durante el día, y, como si se tratara de una violenta erupción volcánica, ha salido expulsado, incontenible, todo el líquido por boca y nariz. 

Ya ni siquiera puedo trotar, con gran dificultad apenas atino a caminar, pues me he vaciado de todo nutriente.

Paso la línea de meta para solo desplomarme en un banco del parque, ha concluido mi peor actuación atlética de lo que llevo en este deporte, ni siquiera me quedan energías para reprocharme algo, solo quiero irme a casa y dormir. 

Han pasado dos días desde la pesadilla vivida y hoy recién he comenzado a trotar muy suavemente; llevo 48 horas de arroz blanco y galletitas con queso, pero ni así he logrado normalizar el régimen de visitas al baño, lo he frecuentado mucho más de lo que me gustaría. 

Me encuentro desayunando un té acompañado de las susodichas “galletitas con queso”, estoy reflexionando acerca de la posibilidad de volver a competir antes de fin de año, pues he llegado a la conclusión que hacerlo me haría muy bien, para así recuperar la motivación perdida, por otro lado sería injusto cerrar un año tan bueno de esta nefasta forma.

Es la mejor alternativa, sin dudas, pero esta vez nada de probar cosas nuevas y, por supuesto, ni pensar en leche de soja: “Nunca más”, me digo.  

De sólo evocar lo sucedido, y hacer una retrospectiva de lo acontecido el sábado pasado, me enojo conmigo mismo y es que no me explico cómo pude cometer tantos errores juntos, hoy puedo identificarlos con toda claridad y eso es lo que más me molesta, lo ciego y necio que fui al no darme cuenta, de la tan evidente torpeza en mi actuar.

Bueno “basta”, hay que dar vuelta la página y escribir de nuevo, me propongo tomar lo vivido como una lección y rescatar como positivo todo lo aprendido, de ahora en más, a mirar hacia adelante, el pasado es solo eso, pasado. 

Me digo a mí mismo y me prometo no hablar ni pensar más, en todo este asunto de la “leche de soja”.

Me siento mejor, las ganas de entrenar y perseguir nuevos objetivos están de vuelta, me reconforta haber hecho las paces conmigo mismo, dentro de dos semanas hay una competencia que si bien no tiene una gran jerarquía me sirve para auto reivindicarme.

Me levanto de la mesa, me siento un hombre nuevo, decido que hoy voy a trotar nuevamente, pero ya mañana haré unas pasadas. 

Voy hacia la cocina para lavar mi taza, veo a mi madre que hurga en la heladera, de pronto ella al percatarse de mi presencia se da vuelta y sacando de la heladera una “caja de leche de soja”, me dice: 

-Mira Cristian, todavía te queda un poco de leche de soja. ¿Qué vas hacer con ella? 

Al ver la caja tan cerca de mí me siento como “Drácula” ante una ristra de “ajo”, el sólo verla me trae inmediatamente a la memoria y, de golpe, aquel sábado trágico que acabo de dejar atrás, las emociones de fastidio y bronca vuelven a mi mente con crudeza y fuerzas renovadas. 

Entonces, sin poder contenerme y en un tono de profundo desprecio y desahogo, le contesto: 

-Por mí podes tirar la “leche de soja” al mismísimo diablo. 

La palabra original no fue exactamente “diablo”, pero el lector entenderá que citarla no quedaría bien, lo que sí puedo asegurar es que todo lo demás es absolutamente así como pasó. 

Pues bien, así fue mi romance con la “leche de soja”, corto, intenso y violento.

Cristian Malgioglio

Tres veces campeón argentino absoluto de 100 km
en carretera y miembro de selecciones nacionales

Foto de tapa: gentileza Cristian Malgioglio

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