loader image
Buscar
Close this search box.

Fiat 600

Hemos llegado a destino. Mi padre estaciona el Fiat 600 sobre calle Boulogne Sur Mer, frente al Círculo Policial. 

Nuestro pobre Fiat, que nos lleva a todos lados, se ha comportado siempre muy noblemente. Pero no puedo evitar tener hacia él sentimientos encontrados, le quiero pero también le temo, pues su clara tendencia a «recalentarse» hace que los largos viajes, especialmente los hechos en verano, estén cargados de una constante y tensa incertidumbre.

Nos dirigimos hacia la institución policial ya que en su interior se están llevando a cabo las inscripciones de la competencia.

Transcurre el año 1990, tengo 17 años y hace casi tres que me he transformado en un atleta bastante serio.

Es domingo por la mañana, dentro de media hora se larga el «Maratón Círculo Policial». Por aquel entonces toda carrera pedestre era bautizada con el título de «Maratón», no se tenía conocimiento, fuera del ambiente del atletismo, de que el único maratón auténtico, eran los míticos 42k 195mts.

Estoy en plena entrada en calor junto a Gustavo Manzanarez. Un buen atleta, además de gran amigo.

Somos vecinos del Barrio Los Tamarindos en Las Heras. Entrenamos cada día por el Acceso Norte y corremos para la UNCuyo. 

Nuestra amistad se ha visto muy fortalecida a raíz de la afinidad que tenemos ambos por el atletismo. Ésta nació en el colegio secundario Nacional Agustín Álvarez. Allí un profesor de Educación Física estupendo, Hugo Galeano, supo inculcarnos el gusto por este deporte, sacando una camada de jóvenes atletas muy interesante. De ese grupo floreciente de corredores provenimos nosotros.

Posteriormente, debido a nuestro evidente crecimiento deportivo, Hugo nos derivó a la Universidad Nacional de Cuyo, donde pasamos a entrenar bajo la dirección de Miguel Leiva, otro excelente entrenador. A partir de este momento empezamos a correr diariamente y de forma más sistemática, lo cual ha provocado un notable incremento en nuestro rendimiento atlético. Este proceso comenzó hace dos años y lo que en el colegio tan sólo era una afición hoy se ha transformado, en mi caso, en una verdadera pasión.

Gustavo, tres años mayor, pertenece a la categoría «Mayores», mientras que yo aún soy «Juvenil». No obstante, este día deberemos correr la misma distancia, «10 kilómetros».

El circuito es de cinco kilómetros y le daremos dos vueltas. Todo él está comprendido dentro del magnífico Parque General San Martín.  Un vasto pulmón verde producto del esfuerzo humano que se ha logrado gracias al uso inteligente de un recurso tan escaso en nuestra provincia como es el agua. Además de su verdor, el parque destaca por su terreno sinuoso, lo que lo convierte en un verdadero desafío para cualquier corredor.

Nos aprestamos a largar 200 corredores y, como no podía ser de otra manera, me siento muy nervioso. Es un estado que nunca he podido erradicar, pero lo curioso es que desaparece inmediatamente ni bien he comenzado a correr.

Primer kilómetro de competencia. Comienza a formarse la cabeza de carrera. Estos primeros metros resultan de estudio y, por el momento, nadie quiere asumir la responsabilidad de comandar las acciones.

Ya puedo prever los posibles candidatos a la victoria en la General, son todos de categoría «Mayores».

El atleta con más chances es Mauricio Parada, un excelente fondista zapalino que se encuentra en Mendoza estudiando Educación Física. Delgado y moreno, posee una técnica de carrera exquisita. Corre también para la UNCuyo y le he visto en muchos entrenamientos hacer muestra de un rendimiento estupendo.

Luego, está Luciano Cicchitti, triatleta del Club Mendoza de Regatas. Se le da muy bien el pedestrismo y además es sumamente tenaz.

A ellos dos se les suma Gustavo Manzanarez, mi amigo y compañero de entrenamientos. Tenemos niveles similares, pero quizá su punto débil es la falta de continuidad en los entrenamientos. 

En este aspecto somos bastante distintos, mientras él a menudo encuentra un motivo válido para no salir a correr, por mi lado nunca hay excusa que valga para fallar a un entrenamiento. Más de una vez a la semana ocurre que debo salir solo, luego de pasar por su casa a buscarle y que no esté. Por lo general me atiende su madre, que, incómoda por la informalidad de su hijo, me dice:

-Discúlpalo Cristian, pero Gustavo ha salido. ¿Acaso no te avisó?

Tales desplantes me molestan enormemente y, cuando ocurren, me prometo no ir a buscarle más. Pero a los pocos días el enojo suele irse y otra vez recaigo en el mismo error.

Estamos a poco de completar el primer giro de la competencia. Corro detrás de los tres favoritos y soy el único juvenil del grupo. 

Intuyo en sus gestos y miradas que, por el momento, no significo ninguna amenaza a sus propósitos.

A lo largo de todo 1990 he ganado mi categoría en cada corrida, ese sigue siendo el gran objetivo del año y me enorgullezco al verme encaminado, también hoy, a conseguirlo.

Si bien he logrado por el momento dominar mi división, nunca he ganado una «General», aunque estuve hace poco muy cerca de obtenerlo.  Ese segundo puesto fue lo más próximo que estuve de concretar este deseado anhelo.

Entramos a los 5 kilómetros finales. Ahora sí, Mauricio Parada, asume el control de la competencia, imprime un fuerte ritmo y se le ve decidido a no ceder.

Producto del brusco incremento de la velocidad, nos ponemos todos en línea detrás de él. El primero en sucumbir a esta nueva alternativa en la carrera es Gustavo Manzanares. Comienza a perder contacto con el grupo, me giro y le hago una señal con la mano instándolo a que vuelva a contactarnos. No logra hacerlo, veo en su rostro una marcada resignación.

Vuelvo a concentrarme, voy exigido, pero no al límite. A tres kilómetros de meta, Mauricio nos asesta un fuerte jalón, ha elegido para ello la «subida del Golf». Luciano Cicchitti cede ante el embate. Yo vuelvo a llegarle, haciendo un gran esfuerzo.

Ahora sólo quedamos dos en la vanguardia de competencia. No pienso en la victoria, he quedado intimidado ante el poder del último cambio de ritmo. Pienso: «uno más de estos no aguantaré».

Estamos en el último kilómetro y la estocada final de parte de mi rival no llega. Estoy confundido, no imaginaba tener a esta altura de la carrera chances de victoria.

Veo a 200 metros un pasacalle en el que se lee «Llegada». Mauricio no reacciona e instintivamente le adelanto, a toda máquina. Traspaso la línea, comienzo a caminar, pero no veo al público, no hay nadie aquí. El patrullero de la policía se detiene bruscamente y visiblemente contrariado me dice:

-¿Qué te pasó pibe? 

-Nada, ¿por qué?

-Esta no es la llegada de la carrera tuya. Es la de una competencia de ciclismo que se hace por la tarde.

En ese mismo momento me supera Mauricio Parada nuevamente. La desesperación se apodera de mí. Impulsado por el «instinto de supervivencia» reanudo la persecución. Ahora corro con una fuerza inusitada. La adrenalina me invade por completo. 

Pienso: «no es justo que el destino me arrebate lo que ya era mío». Ahora sí, allá la «Llegada». Parto en su búsqueda con todas mis fuerzas, el otro corredor no ha podido seguirme y traspaso la meta con los brazos extendidos. 

Estoy exultante, he ganado la «General» de la competencia. No puedo creerlo.

Voy directo hacia el abrazo con mi padre. Estamos desmesuradamente emocionados pues es un día memorable para ambos.

Luego felicito a Mauricio. Nos prodigamos sentidas felicitaciones. Cada cual está conforme con lo hecho hoy. Hemos dado nuestro más sincero esfuerzo y cuando ello sucede hay muy poco o nada que reprocharse.

Acaba de llegar Gustavo, cuarto en la general, detrás de Luciano Cicchitti. Atisbo cierto nivel de decepción en su rostro, claramente no está conforme con el rendimiento de esta mañana. Lo abrazo y felicito, como buenos amigos que somos.

-Lo has hecho bien Gustavo, solo debes entrenar más.

Intento consolarle y animarle un poco.

-Y a vos, ¿cómo te fue?

-Gané, amigo.

En ese instante me sentí injusto con él. Yo, desbordante de alegría, no era justo ante su actual estado hacer muestras de desmedida felicidad. Rápidamente, sin que él notara nada, contuve mis emociones y me limité a acompañarle en silencio hasta el Fiat 600 donde nos aguardaba ropa seca.

Se anuncia la premiación para dentro de pocos minutos. Empezarán por las categorías, e irán de más a menos edad, como suele suceder habitualmente. Luego, para terminar, y a modo de «broche de oro», se coronará la «General», Damas y Caballeros.

Llega el momento de galardonar a los ganadores absolutos. Siento anunciar mi nombre.

-Y el primer puesto, de la General Caballeros es para Cristian Malgioglio.

Cuanta incontenible emoción y qué momento tan sublime. Siento en este instante una enorme gratitud hacia este deporte, pero especialmente para con la vida, por brindarme el privilegio de transitar por estas situaciones únicas y extraordinarias.

Me hago acreedor de un trofeo de magnitudes descomunales. Me supera en altura y su peso requiere de mi parte gran empeño para trasladarle. Estoy atónito y absorto contemplando este ciclópeo testimonio que yace entre mis manos. Me cuesta trabajo levantarle sobre mi cabeza a la hora de las fotos.

No puedo dejar de sonreír. Me dirijo, con el bestial premio, adonde mi padre y Gustavo. Noto en sus caras el mismo asombro del que aún no logro reponerme. Les transfiero el trofeo para que lo sopesen y examinen de cerca. Están extasiados. Me agrada y me halaga verles tan identificados con este momento tan especial. Pues siempre he pensado que los afectos y, principalmente los cercanos, tienen una inmensa responsabilidad en todo lo bueno que nos ocurre a lo largo de nuestra existencia. 

Es hora de volver a casa, vamos al encuentro de nuestro fiel compañero de viajes, este viejo Fiat 600 modelo 1970. Nos disponemos a subir, primero mi padre, luego Gustavo y, cuando llega mi turno, nos encontramos con un problema: el gigante trofeo no entra en el pequeño automóvil.

Exploramos varias alternativas. Ninguna surte efecto. Finalmente, encontramos la solución. Saco la mitad del monolítico premio por la ventanilla del vehículo y, de esta curiosa manera, desandamos el camino a casa.

Ya estamos de vuelta en el barrio, primero dejamos en su casa a Gustavo y, antes de despedirnos, quedamos en salir a trotar mañana. Su casa dista de la mía unos quinientos metros.

A escasamente una cuadra de nuestro domicilio, veo a mi grupo de amigos jugando al fútbol en la calle, como lo hemos hecho toda la vida. Nuestro camino, indefectiblemente, debe pasar por entre aquel tumulto. Se percatan de la proximidad del vehículo, entonces detienen el juego momentáneamente. Al pasar delante de ellos puedo ver sus caras de asombro. Están petrificados observando el paso de aquel dorado trofeo que, magnífico, asoma por la ventanilla del Fiat 600.

Mi padre, con la clara intención de agregarle emoción a esta exótica y cómica situación, comienza a tocar repetidamente la bocina del auto haciéndoles notar a la muchachada que en el interior del auto yace el gran ganador. No paro de reír ante lo gracioso de aquella escena. Una docena de mis amigos corren detrás de nuestro coche festejando alocadamente el triunfo. Claramente puede percibirse que ya no le pertenece a alguien, pues ahora se ha transformado en el triunfo de todo un barrio.

 Cristian Malgioglio

Tres veces campeón argentino absoluto de 100 km
en carretera y miembro de selecciones nacionales
Cristian Malgioglio entrenando en una ruta.

Fotos: gentileza Cristian Malgioglio

Facebook: Fan Page Mendoza Corre (clikc acá para acceder)

Twitter: @mendozacorreok (click  acá para acceder)

YouTube: Mendoza Corre (click acá para acceder)

Instagram: @mendozacorreok

Compartí la nota

WhatsApp
Facebook
Twitter
LinkedIn
Email

Noticias relacionadas

Anterior
Siguiente

Cristian Malgioglio