En el atletismo no hay caminos cortos. Mucho menos en las pruebas técnicas, donde cada detalle define centímetros y los centímetros muchas veces separan una medalla del resto. El giro, la velocidad, la coordinación, la fuerza y la precisión forman parte de una disciplina exigente como el lanzamiento de martillo. Allí, en ese escenario de trabajo silencioso, empezó a construir su historia Coral Di Silvestri, la joven sanrafaelina que ya se ganó un lugar entre las promesas del deporte argentino.
Vive en San Rafael, Mendoza, y hace pocas semanas se convirtió en la única atleta mendocina en representar al país en los Juegos Suramericanos de la Juventud de Panamá. Con apenas 16 años, combina estudios, entrenamientos intensos y una personalidad reflexiva que sorprende por su madurez. En diálogo con este medio, contó cómo nació su amor por el atletismo, lo que significó vestir la camiseta argentina y los sueños que persigue.
Una chica de San Rafael que vive entre la bici, la escuela y el entrenamiento
A la hora de definirse, Coral no se limita al rol de deportista. “Creo que es difícil separar al atleta de la persona, especialmente cuando uno pasa tanto tiempo entrenando y pensando en entrenar. Más siendo adolescente, porque una adolescente está en constante cambio”, explica. Y enseguida completa: “Soy una persona muy lectora, alguien a quien le gusta mucho el arte, el conocimiento. Soy una amiga, una hija, una hermana”.
Su vida cotidiana transcurre en San Rafael, donde encontró una ventaja fundamental para crecer deportivamente: la cercanía. “Tengo la suerte de vivir en un departamento que está cerca de los lugares donde entreno, donde estudio y donde paso mucho tiempo. Paso arriba de la bicicleta yendo de allá para acá”, relata. Esa geografía amigable le permite optimizar tiempos y sostener una rutina exigente.
“Creo que lo mejor de vivir en una ciudad chica es que está todo cerca. No tengo que tomar tres colectivos para llegar a entrenar. Del gimnasio al Poli hay quince minutos. Eso me permite hacer doble turno muy fácil”, cuenta. En tiempos donde muchos jóvenes del interior deben resignar oportunidades por cuestiones logísticas, Coral reconoce ese privilegio como una herramienta decisiva.
También valora el costado humano de su ciudad. “Últimamente he sentido mucho amor, muchos mensajes, felicitaciones, gente preguntando cómo me fue. Una ciudad chica tiene eso: la gente es más vecina, más amable, más acompañadora”. En un deporte donde muchas veces se entrena en soledad, ese respaldo emocional ocupa un lugar central.
“La cotidianidad es entrenar todo el tiempo. Muchas veces se vuelve monótona. Muchos turnos los hago sola. Entonces ese acompañamiento realmente da fuerzas y hace seguir día a día”, resume. En El Cerrito, el barrio donde creció, cada logro propio parece sentirse como una conquista colectiva.

Del baile al martillo: una elección inesperada
Antes del martillo, hubo danza. Desde los cuatro hasta los diez años pasó por distintos estilos: contemporáneo, folclore y clásico. Hasta que un día sintió que necesitaba otra cosa. Y el atletismo apareció de una manera tan particular como divertida.
“Me gustan mucho los libros de acción, de distopía, de fantasía. Entonces quería aprender algún deporte que me sirviera si algún día se terminaba el mundo”, cuenta. “Hice una lista de deportes que pensaba que me ayudarían a sobrevivir en un apocalipsis y se la di a mi mamá. Entre esos deportes estaba el atletismo, porque me parecía importante saber correr”.
La teoría no coincidió con la práctica. “Cuando empecé a correr no me gustó. Cuando me hicieron saltar tampoco. Pero cuando me hicieron lanzar, quedé enamorada”. Ahí comenzó un recorrido que no se detuvo más.
Como ocurre en las etapas formativas, probó distintas especialidades. “Empecé con bala y jabalina. Después hice disco y martillo. Cuando empecé martillo me encantó”, recuerda. Más tarde eligió enfocarse en dos pruebas, aunque la conexión con el martillo ya era especial.
Hoy explica esa pasión con naturalidad. En una disciplina poco difundida y técnicamente compleja, encontró su lugar. Y desde allí empezó a destacarse a nivel nacional hasta llegar a la Selección.
Diez turnos por semana y el desafío de sostener todo
Detrás de los resultados hay una estructura de trabajo propia de una atleta profesional. Coral entrena diez turnos semanales, repartidos entre gimnasio y técnica específica. “Hago cuatro turnos de gimnasio y seis de lanzamiento de martillo. De lunes a jueves hago doble turno, gimnasio y Polideportivo. Viernes y sábado hago solamente técnica”, detalla.
A esa carga se suman tareas de prevención y recuperación física. “También hago dos sesiones de kinesiología, los martes y jueves”, explica. Y no duda en destacar a una pieza clave de su equipo: “De la mano de mi kinesióloga, que es una capa, Lucía Caride de Active Sport”. El agradecimiento refleja que el rendimiento no depende solo del talento, sino también del trabajo interdisciplinario.
Sobre las demandas de la prueba, lo tiene claro. “El lanzamiento de martillo usa todo el cuerpo. Se necesita fuerza, velocidad, potencia y la técnica es importantísima”. Cada entrenamiento responde a esa lógica integral, donde se construye potencia sin perder precisión.
En ese proceso aparece otra figura central: su entrenador Nahuel Búa, del team L‘Equipe. “El entrenador es una de las patas más importantes que tiene el desarrollo de un atleta. Sin entrenador es muy difícil mejorar y aprender”, sostiene. “Nos filmamos todo el tiempo para ver en cámara lenta qué pasó con cada movimiento”.
Y agrega: “También se necesita una planificación específica de gimnasio, un acompañamiento emocional y psicológico. Tengo la suerte de contar con un entrenador que realmente es un gran apoyo”. Para Coral, el crecimiento deportivo es un trabajo compartido.
La otra gran exigencia está fuera de la pista. “Es el reto más grande que tengo como deportista y como persona: combinar estudios, familia, amistades y entrenamiento”, admite. Este año logró cursar en horario reducido, aunque eso exige más organización y responsabilidad. “Es difícil que ninguna de las cosas caiga”, resume con honestidad.
Panamá: la camiseta argentina y una experiencia que la marcó
La clasificación a los Juegos Suramericanos de la Juventud fue uno de los momentos más importantes de su carrera. Llegó luego de conseguir la marca requerida en el selectivo disputado en Mar del Plata. “Cuando hice la mínima y llamé a mi mamá, fue una alegría familiar enorme”, recuerda.
La confirmación oficial llegó en un campus de entrenamiento en Tupungato. “Cuando llegué me dijeron que había quedado clasificada. Fue mucha emoción, aunque tenía que seguir entrenando”, cuenta. En su relato, incluso los grandes momentos aparecen atravesados por la disciplina cotidiana.
Y apareció Panamá en su vida…
Llegó el uniforme argentino. La valija. La ropa oficial. El escudo en el pecho. “Ponerse la remera que decía Argentina fue una locura, un sueño. Miraba la ropa y decía: ‘No puede ser, me voy a despertar’”.
Sin embargo, lo más fuerte fue tomar dimensión de lo que representaba. “Yo ya no competía siendo yo nada más. Estaba representando a mi mamá, a mi papá, a mi entrenador, a mis vecinos, al verdulero del barrio. Era una remera más grande que yo”. La frase resume pertenencia, gratitud y responsabilidad.
El viaje también quedó grabado. “Fue la segunda vez que me subí a un avión. Ir de San Rafael a Buenos Aires sola, quedarnos en el Cenard, después Ezeiza y Panamá”. Y el impacto fue inmediato: “Pasar de 12 grados a 35 con una humedad impresionante”.
La villa sudamericana la deslumbró. “Era una cantidad de colores, uniformes, culturas, acentos. Fue una fiesta del deporte”. También resaltó a los voluntarios: “Siempre sonriendo, preguntando cómo te había ido, alentando. Fue hermoso”.
Incluso se llevó recuerdos simples y valiosos. “Compartir mate con uruguayos, convidarle mate a chilenos y que no les gustara”. Más allá de la competencia, Panamá le dejó una experiencia humana inolvidable.
Competir bajo presión y mirar hacia adelante
La prueba no fue sencilla. “Fue dura, mucho calor. Mi cuerpo se pone más lento cuando hace tanto calor. Estuvo todo muy peleado, por centímetros”. Además, tuvo que adaptarse a protocolos internacionales desconocidos.
“Yo no sabía que nos daban un minuto nada más para lanzar. Entrar al círculo, lanzar y salir: todo en un minuto o anulaban el intento”, explica. Tampoco podían hablar libremente con los entrenadores sin autorización de los jueces. “Son experiencias nuevas que enseñan mucho para el futuro”.
Lejos de frustrarse, tomó el aprendizaje con madurez. “Hay que seguir mejorando, seguir entrenando, seguir aprendiendo”. Y dejó una reflexión interesante: “Cuando uno piensa en atletas de otros países, parece algo lejano. Pero cuando estás ahí ves que también son personas, con fallos y aciertos”.
Lo que viene para Coral
El calendario no da respiro. Ya piensa en el Nacional U20, luego en la Copa U18 y más adelante en el Nacional U18, clasificatorio para el Sudamericano de Brasil. “Tenemos la cabeza y la mirada en Brasil”, afirma.
Con 16 años, Coral Di Silvestri ya entendió algo esencial del deporte de alto rendimiento: el éxito no está solo en la medalla, sino en sostener el camino todos los días. Desde San Rafael, entre bicicleta, escuela, gimnasio y Polideportivo, construye una carrera seria y ambiciosa.
Pero para seguir creciendo también necesita respaldo. Ella misma explicó las dificultades de ser atleta del interior: pocos torneos homologados, escasa visibilidad, viajes costosos y recursos limitados. Para una joven que ya representó al país y que sueña con llegar más lejos, el apoyo institucional y privado puede ser decisivo. Porque detrás de cada lanzamiento de Coral no solo hay talento: hay esfuerzo, familia, equipo y una provincia entera empujando.



