Hay historias donde el running deja de ser un simple deporte, una meta de fin de semana o un conteo en un reloj GPS, para transformarse en una herramienta pura de supervivencia. La historia de Nahuel Gallo, sargento de la Gendarmería Nacional de 35 años, es la prueba contundente de que la mente y la resiliencia de un runner pueden atravesar los barrotes más oscuros y degradantes del infierno.
A fines de 2024, tras prestar servicio en el paso fronterizo de Horcones y residir en Luján de Cuyo, Mendoza, Nahuel emprendió un viaje para reunirse con su pareja en Venezuela y pasar las fiestas en familia. Sin embargo, al cruzar la frontera en Táchira, la dictadura chavista lo secuestró ilegalmente. Lo acusaron de ser «espía» y «mercenario de alta peligrosidad», sometiéndolo a una desaparición forzada que duró 15 meses en el temido penal El Rodeo I.
Aislado, incomunicado y recluido en un calabozo de apenas 3 por 2 metros, las condiciones eran inhumanas. Castigos en la «cámara del tiempo» —un habitáculo donde lo mantenían desnudo y encadenado—, tratos degradantes, hostigamiento psicológico y apenas cinco minutos al día para lavarse, hacer sus necesidades y enjuagar su única muda de ropa.
¿Cómo hace un espíritu libre para no quebrarse ante la incertidumbre y el encierro? La respuesta de Nahuel fue «salir» a correr.
Pasadas cortas en 3 por 2: la transpiración como escape
Sin reloj, sin zapatillas técnicas y vistiendo solo un bóxer para no arruinar la única remera azul que poseía, el gendarme transformó el diminuto pasillo de su celda en una pista de atletismo improvisada.
«Lo único que me sacó a flote fue tratar de no pensar todo el tiempo. En la cárcel me decían ‘el loco que corre’. Empecé caminando, pero necesitaba fatigar el cuerpo para poder dormir a la noche y no estresarme. Corría en pasos cortos y rápidos, transpiraba a mares. Mientras hacía esas pasaditas, mi mente se trasladaba a las montañas de Mendoza, a los bosques, a las carreras que había corrido. Era la única forma de sentirme libre», relata Nahuel en diálogo exclusivo para el streaming de Mendoza Corre.
Sus compañeros de celda —cinco en total a lo largo de su encierro, entre ellos un ciudadano peruano de 52 años— miraban incrédulos desde las cuchetas de cemento cómo este argentino cubría casi una hora diaria de trote entre el reducidísimo espacio común. Incluso los propios carceleros chavistas se agachaban por la mirilla de la celda para observarlo atónitos: «¿Vos sos loco, qué te pasa? ¿Por qué corrés tanto?». Nahuel no respondía; simplemente guardaba silencio y continuaba acumulando kilómetros de dignidad.
Cuando la dictadura le otorgaba la hora semanal de salida al patio, Gallo tomaba una decisión insólita: prefería quedarse encerrado corriendo dentro de la celda vacía para no chocar con los demás prisioneros y resguardar su indumentaria.
Patriotismo y una bandera esculpida en jabón
Junto con la disciplina deportiva, el motor inquebrantable de Gallo fue su profundo amor por la patria y la convicción de su inocencia.
«Lo que más destaco es el orgullo de ser argentino y de no doblegarme. A mí me hubiera dolido más que digan ‘vino un argentino blando’, a que dijeran ‘el gendarme argentino se la bancó’. Si ellos me pusieron el título de fuerza especial o mercenario, yo me la tenía que aguantar con la frente en alto. Cuando uno tiene la razón, discute hasta lo último», remarca.
Su patriotismo alcanzó un hito de conmovedora épica dentro del calabozo: con restos de jabón blanco y celeste, Nahuel moldeó con sus propias manos una bandera argentina. Tardó un mes y medio en idear cómo diseñar el Sol de Mayo. A sus compañeros extranjeros de prisión les relataba con orgullo que en Argentina, a las doce de la noche, las radios transmiten el Himno Nacional, un recuerdo que le henchía el pecho y le impedía rendirse.
Del infierno a la victoria: el regreso a las pistas
A siete meses de haber sido liberado y haber regresado a la Argentina, el gendarme que mantuvo viva la moral de sus compañeros de cautiverio ha vuelto a vestir los dorsales. La memoria muscular de quien entrenó chapoteando en la nieve de Horcones o completando los 42K de la Maratón Internacional de Mendoza (MIM) no tardó en reaparecer.
Apenas un mes después de pisar suelo patrio, en abril, disputó los 10K de Adidas. También corrió la Media Maratón de Buenos Aires y, recientemente, completó la Maratón de Buenos Aires. Sus sueños de runner: los 100K de Fiambalá en Catamarca y el K42 de Villa La Angostura.
Hoy, tras haber sobrevivido al cautiverio y a la persecución de un régimen nefasto, Nahuel Gallo se da el lujo supremo de aconsejar a la comunidad runner y a toda la sociedad sobre el verdadero valor del atletismo:
«El running no es para marcar músculos; el running es salud mental. Le digo a todos los corredores y a la gente que salgan a entrenar, que se desconecten de la tecnología y de los problemas del día a día, y que disfruten del espacio, del aire libre y de la libertad».
Una lección de vida impartida por un héroe de carne y hueso que demostró que ni las cadenas ni los muros de una dictadura pueden encarcelar las piernas ni el corazón de un verdadero corredor.

Fotos: Instagram (retocadas con IA).

