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Chitara

Tengo 13 años y el fútbol es mi gran afición y aunque no he jugado en ningún club, la calle y su canchita improvisada es mi segunda casa. Allí paso todo el tiempo libre que tengo, el que comienza una vez que he concluido las tareas del colegio y las obligaciones hogareñas encomendadas diariamente por mis padres.

Soy un buen estudiante, aunque nunca me he esmerado por ser el mejor en este rubro, intento solo aprobar cada examen y casi siempre lo consigo sin mayores dificultades, y si bien no tengo por objetivo destacarme, ni mucho menos, no obstante, así y todo, me encuentro entre el alumnado sobresaliente.

Mis padres son inflexibles en lo referente al estudio: “mientras hayan buenas notas, habrá tiempo libre para salir a jugar al fútbol”. Esta norma es contundente y no admite excepciones de ningún tipo, por ende dedico cada día poco más de una hora a estudiar y no por gusto, la mayoría de las veces, sólo por mantener vivo el privilegio de hacer con mi tiempo libre lo que me parezca.

Vivo en un barrio de clase media baja y aunque a nadie le sobra nada, tampoco le falta lo imprescindible, me atrevo a decir que las personas que aquí habitan son mayormente felices, dicha intuición se desprende de lo que puedo ver y oír a diario, en mi propia casa y en las calles.

Los barrios Tamarindos son tres, yo vivo en el “Tamarindos dos” en la calle “Juan José Castelli”. Mi cuadra en su extremo oeste no tiene salida pues topa con un gran viñedo. Esta condición hace de ella un lugar ideal, y seguro, para que la gran cantidad de niños y adolescentes que allí viven puedan jugar en la acera sin correr ningún tipo de riesgos.

Es aquí, en este contexto apacible y estable, que nació mi afición por la pelota. Todas las tardes un enorme enjambre de niños, de más o menos edades similares, nos autoconvocábamos para jugar al fútbol hasta las 21 horas, especialmente en la primavera y el verano cuando las horas de luz se extendían considerablemente.

En la niñez, los desafíos se limitaban a los que se desarrollaban dentro de nuestra cuadra, pues con los niños que vivían en la “manzana” alcanzaba sobradamente para formar hasta “cuatro equipos de cinco jugadores cada uno”. Los quintetos se formaban mediante un sistema de elección bastante justo, donde los cuatro mejores jugadores eran cabezas de equipo y elegían un jugador de entre el montón que esperaba impaciente su elección. De esta manera, los más talentosos siempre jugaban en contra y la competencia era sumamente pareja.

Desde el punto de vista técnico nunca he sido un jugador virtuoso, pero esa falta de virtud la suplo con una entrega y generosidad absoluta a la hora del esfuerzo, llevándola al extremo en todo momento. Soy capaz de correr incansablemente todo el partido y asfixiar a mis rivales con una marca pegajosa y sin fisuras, tal es así que nadie recupera más balones que yo, siendo este mi rol favorito. Es gracias a esta característica que he llegado a convertirme en uno de los mejores jugadores de la cuadra.

Debido a esta costumbre de correr hasta el hartazgo dentro de una cancha de fútbol, mis compañeros me han bautizado con el apodo de “Chitara”. Este es un personaje de unos “dibujos animados” que son sumamente populares en la televisión, y cuyo nombre le deviene del “chita o guepardo africano”, animal además que es considerado el ser vivo más veloz del planeta. Dicho “superhéroe” tiene justamente por supremo poder la velocidad.

Concluyendo entonces, chitara es mi apodo a la hora de entrar a un campo de fútbol: “chitara para acá, chitara para allá”. Nadie me llama por mi nombre de pila. Por otro lado, debo confesar que dicho rótulo me agrada y halaga significativamente, pues el correr y hacerlo velozmente es una actividad que me produce mucho placer.

Por estos tiempos, nuestras vidas de adolescentes y aficionados al fútbol han dado un vuelco rotundo. Pegado a mi casa, en la vivienda vecina, vive Ricardo Puga; “Ricardito”, como es públicamente conocido, es un joven de unos veinte años y amante del balompié, la curiosidad es que su relación con este deporte no pasa por la práctica de él propiamente dicha, el nexo que lo une a éste es su pasión por la dirección técnica: lee, ve y estudia,} todo cuanto hace referencia al tema.

Es hincha enamorado e incondicional de Estudiantes de La Plata, del “pincharata”, como popularmente se lo conoce al equipo. No conozco a otra persona que simpatice con este cuadro y no alcanzo a entender cómo alguien decida serle fiel a una institución tan poco ganadora como ésta. Lo más normal y habitual sería seguir a uno de los clubes denominados “grandes” del fútbol Argentino, pero Ricardito parece no percatarse de esta singularidad en él; por el contrario, muy a menudo, suele proclamar con tono orgulloso, y si se quiere desafiante, “soy hincha de Estudiantes”. Particularmente admiro mucho su originalidad futbolística.

En cuanto a su modelo de técnico de fútbol, rápidamente uno puede intuir su clara línea “Bilardista”. Este término deriva de la huella indeleble que dejó en el club platense Carlos Salvador Bilardo. Primero, como jugador, luego como técnico del mismo y, finalmente, como conductor de la selección argentina, a la que ha llevado este año, 1986, a ser campeona mundial.

Ricardito, debido a sus ansias de ser “director técnico de fútbol” algún día, y movilizado paralelamente por el campeonato mundial obtenido recientemente por nuestra selección nacional, es que una tarde nos juntó a todos los chicos de la cuadra y nos propuso la emocionante idea de formar un equipo de fútbol para así enfrentar a equipos de barrios vecinos, y además, también de esta forma, mudar nuestra afición por este deporte de la cuadra al potrero de la plaza.

Alguna vez habíamos tenido la oportunidad de ir a jugar al potrero, pero fue algo excepcional, nuestra actividad futbolística hasta este momento se ha limitado casi exclusivamente al contexto de nuestra cuadra. Ir hasta la plaza donde está la cancha y jugar en ella sería para nosotros como pretender entrar a las grande ligas, pero ante esta nueva alternativa, tal sueño no sólo podría volverse real, sino, encima, a corto plazo.

Motivados desmesuradamente por esta iniciativa es que hemos empezado a entrenar seriamente, como lo haría un club de fútbol. Todas las tardes, Ricardo nos reúne en la cuadra y nos imparte, primero que nada, 30 minutos de parte física, donde el acento está puesto en el entrenamiento de la velocidad, esta parte en lo particular me gusta mucho. Luego pasamos al trabajo del área técnica y táctica, para terminar con un picadito a lo largo de la cuadra.

Ricardito es un fanático de la estrategia, es por tal motivo que hace un hincapié particular en este concepto. Puede llegar a ser exasperante y perfeccionista en este apartado, no obstante todos valoramos enormemente su dedicación. Por otro lado, le queremos y respetamos mucho, e intuimos que esta exigencia redituará muy positivamente en el rendimiento del equipo.

A los entrenamientos físicos que recibo de parte de Ricardito les he sumado por cuenta propia un poco más, tal es así que cada día “troto” alrededor de la manzana una buena cantidad de tiempo y distancia. Dicha iniciativa es por intentar estar un poco mejor todavía para cuando llegue el debut del equipo. Me gusta y disfruto de correr aunque esta actividad solo la percibo y veo como un medio para mejorar mi desempeño como futbolista.

Ya hay fecha para el primer desafío como equipo, será en el potrero de la plaza del Barrio y hasta tendremos todas las camisetas iguales. Debido a la ansiedad y las ganas de apurar el tiempo para que llegue ese momento es que apenas si he podido pegar ojo las últimas noches, será este próximo domingo por la mañana y enfrentaremos a un equipo de otra cuadra.

Último entrenamiento antes del tan anhelado día y de nuestra primera experiencia como equipo. Hoy Ricardito definirá el plantel titular, hemos estado toda la semana en vilo imaginando este crucial instante, todo puede ocurrir, pues nuestro técnico al igual que su fuente de inspiración, Carlos Bilardo, tiene a la hora de tomar decisiones esa misma suerte de misterio e impredecibilidad.

Nos ha sentado a todos alrededor de él en una especie de medio círculo, mientras camina pensativo de un lado al otro sin salir de nuestro campo visual, y con las manos asidas detrás de la cintura. Se pronuncia:

´-Ya tengo definido el equipo titular para mañana- Por fin se pronuncia Ricardito.

Y continúa.

-Lo que quiero que sepan, antes de dar a conocer la formación, es que todos, absolutamente todos, mañana van a jugar un rato.

Escuchar esto me tranquiliza pues al menos si no me toca ser de la partida, tengo garantías de jugar en algún momento.

De pronto Ricardito se dirige hacia una bolsa de color negro, la abre y de su interior saca una fantástica camiseta blanca con grandes números en la espalda y uno pequeño en el pecho. El silencio es sepulcral. El auditorio ha quedado atónito.

Estoy embelesado por la escena que se desarrolla ante mis ojos, la imaginé de mil maneras diferentes durante estos días pasados, pero francamente esta realidad supera ampliamente todas mis especulaciones referentes a este soñado momento.

Con la solemnidad que tiene la situación, Ricardito va sacando una camiseta a la vez, observa el número y a continuación pronuncia en voz alta el nombre de su destinatario, a lo cual el susodicho preso de la emoción y la alegría responde al instante “yo soy”, al mismo tiempo que incorporándose de un elástico salto se precipita a recibir la codiciada ofrenda. Acto seguido, todos nos unimos en un estruendoso y sentido aplauso.

Una tras otra, como los conejos que el mago saca de su galera van saliendo las camisetas de la misteriosa bolsa negra, la tensión en el ambiente es enorme, todos contenemos la respiración ante cada nuevo pronunciamiento esperando ser el próximo agraciado.

-La número cinco es… ¿para? ¡Cristián Malgioglio!

Cuánta emoción, no quepo en mí de tanto asombro y felicidad, me tiembla todo el cuerpo al recibir de manos de Ricardito la preciada prenda. Frente a tan extraordinaria situación me siento desbordado de felicidad y no soy capaz de otra cosa que agradecer y sonreír.

Comienzo a retirarme a mi lugar, cuando Ricardito me llama nuevamente.

-Esperá un momento Cristián, ¡tomá!.

No doy crédito a lo que veo. Ante mis ojos yace un brillante brazalete negro.

Estoy confundido, no sé qué decir ni cómo proceder, con lo cual Ricardito viene al rescate y con una breve y respetuosa frase, me dice:

-Te lo has ganado.

Tomo el brazalete mágico y lo miro, por un momento pienso de que todo lo que está pasando debe ser una especie de sueño, del que irremediablemente deberé despertar tarde o temprano.

Pero los aplausos y vítores de mis compañeros me traen nuevamente a la realidad. Pienso y me digo.

-No solo serás titular sino, además, capitán del equipo.

Todo es tan perfecto que hasta me parece irreal, pero los abrazos y palmadas en la espalda de mis amigos constituyen la inequívoca prueba de que lo que estoy viviendo es auténtico y genuino, ante tan contundente reflexión finalmente me entrego sin reparos a la alegría y el placer del festejo.

Hay una frase por parte de mis compañeros, que recuerdo nítidamente y atesoro particularmente de aquel momento, la cual permanece y permanecerá imborrable en la memoria:

“¡Grande Chitara!”

Cristian Malgioglio

Tres veces campeón argentino absoluto de 100 km
en carretera y miembro de selecciones nacionales

Foto: gentileza Cristian Malgioglio

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