Según la agencia ACNUR (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados) “cerca de 7,9 millones de personas han salido de Venezuela buscando protección y una vida mejor. La mayoría -unos 6,7 millones- fue acogida por otros países latinoamericanos y caribeños”.
Esta lamentable realidad es la consecuencia de una dictadura comunista ineficiente y asesina que expulsó a millones de personas espantadas por la miseria: según la organización sin fines de lucro Chequeado, en Venezuela la pobreza alcanza al 73,2% de sus hogares, mientras que la pobreza extrema se cierne sobre el 36,5%.
Las estadísticas son números. Pero ¿qué hay detrás de las frías cifras de los que emigraron de la tierra de Bolívar? Personas de carne y hueso que sufren el desarraigo, el dolor de haber abandonado a sus seres queridos y los peligros de insertarse en una tierra, para ellos, extraña.
Resiliencia
“Una vez metí toda mi vida en dos maletas de 23 kilos y me mudé a un país donde no conocía a nadie”, posteó un día en su Instagram la venezolana, radicada en Mendoza, Ángela Chacón.
El concepto fue la respuesta a una amiga que le preguntó si no le daba miedo correr un triatlón Iron Man (3,9 kilómetros de natación en aguas abiertas, 180 de ciclismo y 42 de pedestrismo).
Conmovidos por tan crudo relato fuimos a su encuentro para que nos contara su historia. Así, entrevistamos a una mujer que sufrió mucho en un país, para ella, al principio, totalmente extraño. Tuvo que caminar por un sinuoso camino para insertarse en el mercado laboral argentino. Padeció la soledad y el dolor de no tener al lado a su familia. Y, lo peor, ante su desprotección y vulnerabilidad, cayó en manos de un psicópata que la agredió psicológica y físicamente.
A pesar de todos los obstáculos pudo salir adelante y descubrió su resiliencia, especialmente a partir del deporte.
Los primeros pasos
Ángela, “Angie” para sus amigos, nació en Valencia, la capital del Estado Carabobo, ubicada en la Región Central de Venezuela, a 150 kilómetros al oeste de Caracas. Es conocida como la “Capital Industrial de Venezuela” porque alberga una importante cantidad de zonas industriales.
De típica familia de clase media venezolana, vivía con su papá, mamá y hermano, quienes la educaron en los valores de la cultura del trabajo y estudio.
En 2008, con 24 años, ya veía que las cosas no iban bien en su país, quizás asustada por cómo la actividad industrial de su ciudad natal caía cada día más. Así las cosas, decidió emigrar. “Metí toda mi vida en dos maletas y me vine a Argentina porque era fácil adquirir la residencia”, rememoró con un dejo de angustia en sus ojos.
Recién arribada a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA), invirtió gran parte de sus ahorros en el alquiler temporal (porque no tenía garantes) de un departamento muy chico, desde donde buscó insertarse en una tierra absolutamente desconocida para ella.
Para empezar, tuvo que acostumbrarse a dar los primeros pasos en absoluta soledad. “El exilio -afirmó- es muy duro. Al principio, lo que más sentía eran las fechas sin mi familia: las celebraciones de mi cumpleaños y de las Fiestas, Navidad y Año Nuevo”.
Luego, tuvo que adaptarse a los fríos inviernos argentinos frente al calor de todo el año de su Venezuela. Tampoco fue fácil acostumbrarse a la comida. Lo más difícil, después de la soledad, fue encontrar trabajo. Es ingeniera en computación y le costó mucho penetrar el mercado laboral con el debido reconocimiento de sus estudios. “No me reconocían como ingeniera ya que me pagaban como junior”, destacó.
El infierno
Una vez mínimamente arraigada le tocó vivir lo peor.
Angustiada por su soledad, al poco tiempo se puso en pareja con un joven con el que convivió hasta 2012. Aficionado al box, su novio resultó ser un psicópata que trataba de manipularla, dominarla y que terminó agrediéndola psicológica y físicamente. “En una oportunidad me pegó y en otra hasta me clavó un tenedor. Era tan violento que con un cuchillo llegó a cortar un peluche mío”, contó con un dejo de miedo en su voz. “Es que te ven vulnerable y se aprovechan”, razonó.
Luego de ese calvario, en un hospital, donde le atendieron sus heridas, “esperé a calmarme, llamé a una amiga, quien, con su mamá, me ayudó a mudarme”.
A empezar de cero de nuevo.
Su salvación
La violencia doméstica que sufrió Ángela la llevó a la práctica deportiva, que terminó siendo su terapia. “El deporte me salvó”, aseguró categóricamente.
Empezó entrenando taekwondo, como manera de sentirse más fuerte y como herramienta de defensa ante la violencia de su pareja. Tras un tiempo, la dureza de esta disciplina derivó en lesiones en una rodilla, por lo que tuvo que abandonarla.
No se podía quedar quieta. Entonces, por consejo de un amigo, se inició en el ciclismo. Compró una MTB que terminó siendo su medio de transporte. “Todos los días hacía 16 kilómetros, la distancia, ida y vuelta, que había desde mi departamento al trabajo”, puntualizó.
Como siempre pasa en estos casos, el pedaleo se hizo más y más frecuente. Así, llegó a completar 40 kilómetros diarios. El azar quiso que se encontrara con un profesor de educación física que vio que tenía aptitudes y la invitó a tener salidas más largas, hasta que un fin de semana terminó con 110 kilómetros en una jornada. El entusiasmo creció hasta que adquirió su primera bicicleta de ruta.
En 2018, cuando el ciclismo la aburría, empezó con el running. “Mi primera carrera fueron 10 kilómetros por las calles de Buenos Aires con un ritmo de 6 minutos el kilómetro”, recordó. No se pudo quedar quieta y llegó el tiempo de los duatlones, disciplina en la que participó en muchas competencias donde cosechó varios podios. Paralelamente también le hizo a la natación.
Ya en 2019, se animó a su primer triatlón Sprint (750 metros de nado, 20 kilómetros de pedaleo y 5 de running). “Fue en Junín de Buenos Aires y gané mi categoría”, aseguró.
Iron Woman
Ángela no tardó mucho en especializarse en Medio Iron Man (1,9 kilómetros de natación, 90 de ciclismo y 21 de pedestrismo), especialidad en la que ya corrió siete competencias.
Y hoy es toda una Iron Woman, ya que el año pasado, más precisamente el 17 de agosto, fue parte de esta modalidad en Dinamarca. En 2026 se animará a dos más: una en Valdivia, Chile, y otra en España, en el País Vasco.
“Las largas distancias me gustan”, explicó. Ahí nomás, nos contó con entusiasmo que su aspiración es correr algún día en la Región de Aysem, al sur de Chile, el Patagonman, un triatlón extremo de 3,8 kilómetros de natación por las aguas frías del Pacífico, de 180 kilómetros de ciclismo por la ondulante y ventosa Carretera Austral y 42 kilómetros de trail running, también con mucho desnivel, por senderos de montaña y caminos de tierra.
Tiempos felices
Más allá de los momentos duros que le tocó en el amor en Argentina, en 2016, Ángela conoció a su nueva pareja, Emiliano, un porteño Analista en Sistemas, con quien se casó.
Desde 2023 vive feliz en Mendoza, tierra a la que llegó con su esposo en búsqueda de más tranquilidad y mejores perspectivas laborales. Entrena todos los días a primera hora para luego dedicar 10 horas al trabajo para una empresa estadounidense.
A pesar de su pasado difícil, mira el futuro con optimismo. Luego de todo lo vivido, remarca con vos firme: “No le tengo miedo a nada”.





